El valor creciente del Sistema B

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Fotografía: Jack Moreh / Stockvault.j

Los estragos sanitarios y climáticos son oportunidades para valorar la importancia de que las empresas no se centren exclusivamente en la rentabilidad, sino que sean más humanas y colaboradoras. Tal es el objetivo del movimiento Sistema B, que crece en el mundo.

Fabiana Culshaw / 29 de septiembre de 2020


 

El Sistema B es un movimiento mundial para que las empresas se ocupen no solo de la ganancia, sino también del bien social, el bien ambiental y el bien común; y, lo más importante, que lo hagan desde su negocio medular, no como una actividad secundaria o asociada, sino como parte de su razón de ser.

El movimiento tiene representación en los más diversos países, con la misión de promover las «iniciativas B». Para ello organiza encuentros con empresarios y emprendedores, talleres, charlas, alianzas con la academia, discusiones e intercambios con los distintos actores sociales, que incluyen gobiernos, gremios, sindicatos y organismos internacionales. La premisa es que cuanto mayor sea el ecosistema, mejores serán los resultados, siempre alineados con los Objetivos de Desarrollo Sustentable de la ONU.

Empresas líderes —tales como Danone, Natura, Avon, Banco Itaú, varias embotelladoras, por mencionar algunas— se han sumado a esta iniciativa; que no es nueva, pero ha tomado mayor impulso a medida que las sociedades son más conscientes de la necesidad de ser solidarias y responsables con el entorno.

El propósito es desarrollar una nueva economía basada en conceptos de reciclaje, circularidad, producción amigable, cuidado del ambiente, prácticas ecológicas, ahorro energético, utilización de fuentes alternativas de energía, integración de las comunidades en los procesos productivos, empleabilidad de mano de obra local, políticas de equidad y ecodiseños. Todas esas prácticas forman parte del discurso del Sistema B.

 

Ejemplos notables

En México hay unas cincuenta compañías certificadas, o en camino a lograrlo. Allí el sistema cuenta con el respaldo de muchas instituciones, como CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, Citibanamex o la Promotora Social.

Otro caso notable es Uruguay, país pequeño que también le ha puesto la mira al sistema. Allí hay unas diez compañías certificadas B; son pocas, pero hay muchas en el proceso de seguir esa línea en este momento, según Bebo Gold, director ejecutivo del Sistema B en Uruguay, quien reporta a la organización internacional para América Latina, ubicada en Chile.

Gold cita como ejemplo a la empresa de agua embotellada Salus, todo un referente en su país, que ha adaptado sus políticas para que sus envases no sean de plástico virgen sino reciclado, además de promover a quienes están en la cadena de recolección de materiales. Otra empresa destacada en Uruguay es La Cristina, primer campo certificado B del mundo, dedicada a los agroquímicos naturales y al pastoreo racional.

 

La certificación

El proceso de certificación consta de 200 preguntas sobre cinco ejes transversales: impacto ambiental, impacto social, relación con la comunidad, con los trabajadores y gobernanza. Las preguntas son disparadoras de reflexión y también herramientas para el diagnóstico empresarial, en esas dimensiones, y para hacer cambios organizacionales.

A medida que se responde se obtiene un puntaje. Al llegar a 80 puntos se puede solicitar la certificación de que la empresa es económica, social y ambientalmente responsable, lo que se ha dado en llamar «el triple impacto». Uno de los últimos pasos de la certificación consiste en cambiar los estatutos de la compañía, para incluir el compromiso con el modelo de impacto B.

En América Latina están surgiendo empresas que producen aceites, bálsamos, jabones u otros artículos orgánicos que evitan el daño ambiental. Algunas han crecido sostenidamente y han contratado a pequeños productores locales, lo que contribuye a mejorar el entorno social. Son negocios que comienzan en pequeña escala, pero llegan a competir con las multinacionales del rubro al que pertenecen.

Los estragos sanitarios y medioambientales le han dado relevancia al sistema B en muchos países. Esas desgracias son alarmas a las que no se puede dar la espalda: la necesidad de poner a las personas en el centro de organizaciones y sociedades, de cuidarse entre ellas y al medio ambiente.

Se espera que surjan o se profundicen nuevas formas de hacer negocios. Por supuesto, se espera también que Venezuela forme parte de este movimiento mundial. Tener urgencias político-económicas-sanitarias no debería ser razón para apartarse del camino B; por el contrario, es la oportunidad para sumarse a un camino positivo y no quedar aislada.

Las empresas que se quieran sumar al movimiento no deben necesariamente cumplir todos los requisitos para ser B, sino simplemente compartir sus valores y acercarse, en forma medible, a los objetivos de triple impacto positivo. Por lo menos deben estar dispuestas a hacer una apuesta real por la sostenibilidad; poco a poco, pero de manera firme.


Fabiana Culshaw, periodista y psicóloga empresarial.