Varias maneras de quebrar una empresa

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Ilustración: Oswaldo Dumont.

Desde la administración que hoy parece tan lejana de Guaicaipuro Lameda poco a poco se dieron los pasos para que Pdvsa, una de las empresas petroleras más grandes del mundo, tuviera problemas graves de flujo de dinero, producción y cumplimiento de compromisos.

Tomás Straka / Enero-marzo 2017


Reseña del libro La política petrolera venezolana: una perspectiva histórica, 1922-2005, de Brian McBeth. Caracas: Universidad Metropolitana/Cátedra Venezuela Ricardo Zuloaga/Badell & Grau. 2014.

 

Si la «ley de las consecuencias imprevistas» postula que toda decisión puede acarrear un resultado inesperado, pocas veces ha habido tantas oportunidades de comprobarla como en la política petrolera de Hugo Chávez. Aunque no fue el único que contribuyó al descalabro de la industria, las decisiones más importantes que tomó no solo no alcanzaron sus objetivos, sino que en muchas ocasiones terminaron produciendo el efecto contrario al esperado.

Esta es tal vez la conclusión más llamativa a la que se llega después de leer el más reciente libro del historiador británico Brian McBeth. Aunque es un estudio histórico que arranca en el reventón de Los Barrosos en 1922 (en realidad comienza un poco más atrás), su parte más grande, original y documentada está en las políticas petroleras de la Revolución Bolivariana. Eso, como en todo, tiene algo de bueno y de malo. Lo primero, porque arma el rompecabezas de la historia reciente de la industria con declaraciones de prensa, discursos presidenciales, noticias de agencias, datos de multilaterales y todo aquello de lo que pudo echar mano frente a una Pdvsa cada vez más opaca en sus cifras e informes. Lo segundo, porque el libro queda en su conjunto un poco desbalanceado; tanto, que el título puede incluso resultar engañoso si se consideran los desniveles en tamaño y aliento que hay entre sus tres capítulos.

Todo el proceso que va de Juan Vicente Gómez hasta la nacionalización abarca apenas quince páginas, mientras que el de 1976 a 1999 se lleva 56 y el de la primera etapa (o las dos primeras) del chavismo (es decir, los seis años de 1999 a 2005) ocupa 78 páginas. Así, pudiera pensarse que los dos primeros capítulos son una especie de introducción —muy larga para el tema central— a lo ocurrido en la Revolución Bolivariana. Por momentos da la sensación de estar ante un estudio a medio terminar, que requiere dos o tres destilaciones más para que el autor descubra qué hacer con cada parte: resumir la etapa prenacionalización a los límites razonables de una introducción, equilibrar lo escrito de la Pdvsa preChávez con lo presentado de la «Nueva Pdvsa» o quedarse con la industria durante el chavismo, que es la clave en la que finalmente se termina leyendo el libro. Porque, además, no solo es un asunto de número de páginas sino también de uso de fuentes, respaldo en estadísticas y densidad, aspectos en los que los capítulos también siguen un orden ascendente: de las nociones más o menos básicas del primero a un cuadro histórico bastante completo en el segundo y, finalmente, una monografía original en el tercero. Los tres son valiosos, pero en sentidos distintos (y, tal vez, para públicos distintos).

En lo referente a la «Nueva Pdvsa» hay que recordar algo más: el libro llega hasta 2005. Resulta difícil entender por qué se cerró en ese año y no en 2007, cuando culmina la primera etapa del chavismo —es decir, la anterior a la proclamación del socialismo como política de Estado— o, más específicamente, las dos primeras etapas del chavismo: 1) la que se extendió de 1999 a 2003, cuando aún convive con el régimen anterior hasta que termina de demolerlo con sus victorias sobre el golpe y los paros petroleros; y 2) la que va de 2003 a 2007, cuando se consolida en el poder con grandes triunfos electorales —en especial, el referéndum de 2004 y las elecciones de 2006— y un chorro de petrodólares. No obstante, son los años en los que la «mano visible» de la gerencia del Estado toma las decisiones fundamentales que llevaron a Pdvsa, a la industria y a la economía en su conjunto al estado en el que actualmente se encuentran. El libro, en este sentido, permite hacer un balance a diez años de la fundación de la «Nueva Pdvsa».

Desde la administración que hoy parece tan lejana de Guaicaipuro Lameda poco a poco se dieron los pasos para que una de las empresas petroleras más grandes del mundo tuviera problemas graves de flujo de dinero, producción y cumplimiento de compromisos. Casi pudiera hacerse un manual de ciencias gerenciales o de historia empresarial con el título «Varias maneras de quebrar una empresa». Lo notable es que en cada caso hubo una racionalidad más o menos convincente. Esto abona lo dicho sobre la ley de las consecuencias imprevistas, aunque hay motivos para matizarla en este caso. No siempre los resultados son negativos (he allí los ejemplos del Viagra y el horno de microondas), de manera que en esta historia solo han ocurrido algunos de los peores escenarios posibles. Lo normal es que no puedan preverse las consecuencias, aunque se tomen las decisiones con base en la mejor información disponible, mientras que en la industria petrolera las decisiones siempre fueron finalmente ajustadas por criterios políticos e ideológicos muy distintos de los gerenciales. Tales criterios en ocasiones significaron en la práctica la derogación de lo decidido —muchas veces simplemente no se hizo lo propuesto— y los razonamientos tendieron a basarse en información incompleta o errores de cálculo crasos; por ejemplo, creer que el petróleo se acababa en el mundo, que en particular se acabaría pronto en Estados Unidos y que, por eso, su precio se mantendría alto de forma indefinida.

Al tratar de huir de Estados Unidos, el gobierno de Chávez se lanzó a sus brazos y, al querer huir de los privados, se hizo más dependiente de sus capitales, tecnología y personal

En el libro de McBeth se encuentran tres decisiones clave (dos tomadas por el gobierno y una por sus opositores): 1) al tratar de fortalecer la nacionalización se terminó por aumentar la dependencia de las petroleras extranjeras privadas, 2) al tratar de depender lo menos posible del mercado norteamericano se fortaleció esa dependencia y, ya de cara a la oposición, (3) al tratar de de «salvar» a Pdvsa del gobierno la gerencia rebelada terminó por entregársela. Estas no fueron las únicas y, en cada caso, están llenas de otras implicaciones, pero al menos sirven para dar una idea del tamaño de los desatinos.

La última decisión, relativamente más fácil de comprender, fue simplemente una apuesta en la que se perdió. Claro, siempre puede considerarse irresponsable, en un acto de exceso de confianza o autocomplacencia, poner todas las fichas en un número de cuya victoria no se tenía certeza (o se la tenía, pero basada en datos equivocados). Es un tema del que queda tanto por investigar que no es posible analizar mucho más; además, al decir esto no se juzgan las motivaciones, al menos las expresadas por los protagonistas. Pero los hechos son concretos: al ser derrotados en los intentos de derrocar a Chávez entre 2002 y 2003 le permitieron una contraofensiva que le permitió tomar y desmontar la «vieja Pdvsa». Pero no por eso se puede eludir que hubo en la estrategia no poco de error de cálculo y que el impacto a largo plazo de los daños hechos a la infraestructura y el subsiguiente despido de 18.000 empleados, indistintamente de la valoración que se dé a sus motivos, sigue sintiéndose. Con los otros dos puntos los fiascos resultan más difíciles de excusar. Como dice McBeth:

La intención de Chávez era transformar a Pdvsa, de una compañía estatal, que aparentemente estaba actuando como una petrolera independiente, a una agencia directamente dependiente del Estado para financiar la transformación industrial y social del país. La evidencia sugiere que Chávez intentó aplicar muy cerca su propia retórica sobre la industria petrolera, aun cuando irónicamente el futuro del régimen de Chávez estaba intrínsecamente ligado al buen desempeño de Pdvsa (p. 112).

La Constitución de 1999 prohibió expresamente la privatización de Pdvsa y la nueva Ley de Hidrocarburos de 2001 aumentó las regalías. La idea era que, si bien se mantenía la presencia privada (e incluso se ampliaba en sectores como gas y refinación), el Estado emprendiera un programa de sostenido aumento de la producción. Pero una consecuencia imprevista —bueno, imprevista para el gobierno y sus partidarios, no para la Gente de Petróleo— fue que del mismo modo como el control del gobierno crecía y con ello rompía el estatus de equilibrio anterior (relativa autonomía de la gerencia heredada de las compañías anteriores a la nacionalización y separación de funciones entre Pdvsa y el ministerio rector del área) también se intensificaba la posibilidad de usar discrecionalmente los recursos de la empresa, uno de los terrores de los petroleros desde la década de los ochenta.

«Salvar» a Pdvsa de los «políticos» fue una bandera de los técnicos que definió muchas de sus políticas. Aunque los políticos lograron avanzar bastante, los técnicos pudieron mantener el control de la industria, en lo que muchos definieron como un «Estado dentro del Estado», solo interesado en generar beneficios y no en los intereses del país. Chávez fue acabando con eso y, después de 2003, lo suprimió completamente. La caja de Pdvsa pasó a financiar directamente los planes de desarrollo. De modo que ya para el año 2001 los números empezaban a ser negativos (cosa que se paleó con endeudamiento) y ni siquiera el vertiginoso ascenso de los precios a partir de 2004 logró revertir completamente la tendencia. Esto produjo un estrangulamiento del flujo de caja (p. 187) que, entre otras cosas, impedía hacer inversiones para aumentar la producción y, después de los embates del paro, recuperarla. Así, Pdvsa se hizo cada vez más dependiente de sus socias extranjeras y sus inversiones; es decir, de las que se quedaron porque, de forma paralela, las leyes particulares de la industria así como las generales del país desincentivaban la inversión. Aunque tal vez resulte algo exagerado, pudiera decirse que detrás de la etiqueta de la «verdadera nacionalización» hubo mucho de lo contrario: desnacionalización.

Otro tanto puede decirse de la nueva estrategia de internacionalización. El esfuerzo para diversificar los mercados, en parte definido por razones económicas, pero en mayor medida impulsado por miras geoestratégicas, llevó al gobierno a firmar acuerdos con numerosos países, y muchas veces les otorgó condiciones muy ventajosas de pagos. Esto hizo que, en un marco de constantes aprietos por falta de circulante, lo que pagaban los clientes estadounidenses fuera relativamente cada vez más importante. Por ello, decisiones como la de vender Citgo se postergaron. La jugada maestra de la internacionalización de la «vieja Pdvsa» se había convertido en un punto de honor para Chávez, pues resumía todo lo que detestaba de aquel «Estado dentro del Estado». Pero sus refinerías y estaciones de gasolina son la mejor garantía de mercados para los crudos venezolanos (y, además, pagaban en efectivo y no con especies o médicos, ni había que descontarles el costo de mandar un tanquero a Shanghái). Esto quiere decir que, al tratar de huir de Estados Unidos, el gobierno de Chávez se lanzó a sus brazos y, al querer huir de los privados, se hizo más dependiente de sus capitales, tecnología y personal.

Incapaz de aumentar la producción, necesaria para mejorar el flujo de caja, con decisiones técnicas planteadas por Lameda, Alí Rodríguez Araque y hasta Rafael Ramírez (que en este aspecto no parecen quedar tan mal parados), pero revertidas por contraórdenes del alto gobierno (que los dos segundos siempre terminaron por aceptar e incluso se desdicieron en público) solo los altísimos precios parecían, para 2005, mantenerla más o menos a flote. Lo ocurrido después parece confirmar esta conclusión. Los precios comienzan a bajar hacia 2008 y, para cuando se escriben estas líneas, todo indica que se encuentran en uno de esos largos períodos de depresión que desde finales del siglo pasado experimenta el mercado petrolero. Cualquiera que tenga al menos una vaga idea de la vida venezolana en 2016 podrá entrever adónde condujo esta política. Según se desprende del libro, la única excepción en las erráticas decisiones fue abandonar otra de las banderas de orgullo patrio de la «vieja» Pdvsa: la orimulsión. Tanto por sus consecuencias ambientales, que tarde o temprano la iban a afectar, como por el hecho de que el crudo que se empleaba para hacerla producía más ganancia si se vendía sin elaborar, pareciera que lo correcto fue abandonarla.

Ojalá que este trabajo sea parte, o el inicio, de uno mayor (y acaso mejor balanceado). McBeth es uno de los más importantes estudiosos de Venezuela que trabajan en el mundo anglosajón, aunque lamentablemente con muy poco de su obra editada en español. Especialista en el campo petrolero —bien como académico, bien como consultor— su Juan Vicente Gómez and the oil companies in Venezuela, 1908-1935 de 1983 es un clásico ineludible en el tema, así como su menos conocido (pero no menos importante) Gunboats, corruption and claims: foreign intervention in Venezuela, 1899-1908 de 2001. Para quien quiera conocer la historia de los negocios de la industria petrolera y sus vinculaciones con el poder en Venezuela, estos dos libros son clave. Antes del texto que se reseña había publicado en 2008 un estudio integral del gomecismo cuya lectura es obligatoria para comprender el período: Dictatorship & politics: intrigue, betrayal, and survival in Venezuela, 1908-1935.


Tomás Straka, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia (Venezuela).

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