Las ONG: su marca es la confianza

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Las organizaciones no gubernamentales tienen responsabilidades similares a las de un negocio al organizarse, producir y rendir cuentas; más aún cuando trabajan con dinero de terceros, de manera que puedan asegurar su subsistencia y credibilidad.

Alecia Ortiz / 30 de mayo de 2022


 

Los emprendedores que quieren formalizar sus ideas sociales se encuentran con dos situaciones: 1) sus operaciones se sostienen con base en los aportes de sus fundadores o 2) no arrancan porque sus aportes son insuficientes para la envergadura de sus acciones y no saben cómo atraer patrocinadores. En ambos casos, la sostenibilidad se ve comprometida. Estas organizaciones no gubernamentales (ONG) trabajan, usualmente, con dinero de terceros para atender a sus beneficiarios y sostenerse. De lo contrario, no tendrían recursos para trabajar, a no ser que reciban fondos de benefactores; por ejemplo, personas públicas como Shakira o Melany Gates.

Al trabajar con recursos de benefactores, donaciones o ingresos de instituciones públicas, con más razón, estas organizaciones sociales deben ser impecables y transparentes en lo que respecta a la captación, el uso, el destino y los impactos de sus ingresos, pues son aportes de terceros que confían en el buen uso que les darán. La menor duda sobre su manejo puede dejarlas sin fuentes de ingresos. Aquí los factores de éxito son la credibilidad y el impacto de sus acciones, porque son los que motivan a terceras personas para aportar reiteradamente y sin menoscabo.

El logro de las metas —y, por lo tanto, el cumplimiento de la misión de una ONG— requiere un equipo cohesionado y un modelo organizacional que funcione: cada moneda que ingrese debe ser bien administrada, sin desperdicios. Es necesario que los proyectos y obras se programen y se ejecuten con resultados tangibles, que quienes han puesto su dinero en ellos perciban que su aporte valió el esfuerzo.

Este modelo organizacional abarca inversiones y gastos, como mobiliario, pago de servicios, costo de los servicios prestados a los beneficiarios, nómina, entre otros. El dinero recaudado servirá para pagar estos egresos y así llevar a cabo las operaciones, cuyo impacto se apreciará en el número de personas beneficiadas y los cambios sociales que pueden ocurrir en la comunidad atendida.

La rendición de cuentas —cómo se ha administrado el dinero— permitirá a los benefactores conocer el impacto de su aporte en el desarrollo de la organización y el bienestar del colectivo. Las mediciones de impacto en cada segmento reflejan los beneficios a largo plazo; aunque son costosas y complejas, permiten ver más allá del beneficio inmediato recibido, en ámbitos como la mejora de vida familiar o comunitaria a mediano y largo plazo, por lo que vale el esfuerzo de llevarlas a cabo, incluso con estudiantes o voluntarios, quienes también querrán algún beneficio personal en forma de experiencia o reconocimiento.

Un modelo organizacional que asegure buena administración y una rendición de cuentas clara y transparente facilitan la obtención de ingresos por la vía de benefactores. Si se requieren mayores ingresos, la venta de productos o servicios con fines sociales pueden contribuir al flujo de caja. Algunas ONG enseñan un oficio, por ejemplo, y la venta de los productos de sus participantes no solo ayuda a quienes ejercen ese oficio, sino también aporta un porcentaje al manejo de la institución. En estos casos, ganan todos.

Hay que ver la atracción de patrocinadores, como segmento, cuando se les ofrece una propuesta de valor tan válida como la de los beneficiarios. Incluso podría plantearse una propuesta de valor para voluntarios, pero la experiencia indica que la contratación de profesionales para llevar a cabo la gestión social aporta seriedad y compromiso a la ONG, y hay menos oportunidades de que las actividades cesen por falta de interés de quienes las ejecutan. La confianza y la credibilidad tienen impacto en todo el sistema cliente. Esa debe ser la bandera.


Alecia Ortiz, mentora del programa Emprende del IESA.