Los derroteros derrotados del populismo venezolano

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Ilustración: Oswaldo Dumont.

Venezuela enfrenta una coyuntura histórica. La pregunta es si los elementos que la han conducido hasta esa encrucijada actuarán de la misma manera o si, por el contrario, la sociedad tomará fuerzas para replantear su futuro con una nueva estrategia. El tiempo apremia y la economía parece recordar el título de aquella vieja película del spaghetti western: «Dios perdona, yo no».

Francisco Sáez / Enero-junio 2017


«El que persevera, no alcanza» pudiera ser la máxima de William Henry Schmidt, el minero que, aislado del mundo en una pequeña cabaña en el desierto de Arizona en 1902, decidió cavar un túnel de más de 800 metros de longitud en la roca viva, para acortar el camino al pueblo más cercano. Después de 38 largos años, en un esfuerzo colosal que implicó extraer más de 400 kilogramos diarios de piedra con herramientas rudimentarias, Schmidt falleció sin ver culminada su labor. La biografía de este aventurero, cuya faraónica obra realizada en solitario terminó como un pequeño rincón para turistas y curiosos en medio de una tierra yerma, no deja de causar cierta tristeza. Ilustra cómo la vida de un ser humano puede consumirse en la búsqueda de una utopía, para la cual ni el esfuerzo ni la determinación pueden asegurar el éxito.

Este tipo de comportamientos, alejado de toda racionalidad y lógica aparente, en ocasiones puede extenderse a toda una sociedad. Por ejemplo, en el ámbito de la economía, se observa con frecuencia que los errores de política se suceden en una especie de ritornelo: se rescatan estrategias fracasadas, sin más argumento que «porque sí», en un intento de que las malas políticas se conviertan en buenas, simplemente por el hecho de insistir en ellas. Tal vez las más icónicas de estas políticas sean los controles de precios y cambios, que aparecen y desaparecen a lo largo de la historia de Venezuela con sorprendente regularidad.

Pero esta no es la única manera de emular el pasado. La inacción, en sí misma, que permite el mantenimiento de estructuras institucionales atrasadas y obsoletas, favorece la repetición de la historia; al contrario de como sugería Marx, no como comedia, sino como tragedia. De igual modo, mecanismos poco transparentes y procesos presupuestarios viciados, que si cambian es para peor, conducen por caminos transitados, cuyo único destino posible es el fracaso y la frustración.

Tal vez por esta razón, al estudiar la naturaleza de estos fenómenos circulares, el fallecido economista alemán Rudiger Dornbusch, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, clamaba por el desarrollo de una teoría de «la economía del arrepentimiento». Algo que ayudara a entender, desde una perspectiva económica, la racionalidad tras el comportamiento del fumador o el suicida.

Ahora bien, si en vez de individuos se consideran colectivos humanos, la comprensión de estos comportamientos, patologías o sesgos psicológicos se torna un tanto más compleja. Entre otras cosas, porque es necesario saber cómo aprenden las sociedades y en cuáles circunstancias logran transmitir sus experiencias a las siguientes generaciones, a fin de evitar repetir los errores del pasado; un requisito indispensable para el progreso. La respuesta a esta interrogante no es trivial. En un influyente libro titulado La macroeconomía del populismo, Dornbusch y el economista chileno Sebastián Edwards se refieren a la historia de América Latina en los siguientes términos:

Una y otra vez, en un país como en otro, los gobernantes han aplicado programas económicos que recurren en gran medida al uso de políticas fiscales y crediticias expansivas, y a la sobrevaluación de la moneda para acelerar el crecimiento y redistribuir el ingreso. Al aplicar estas políticas, por lo general no ha habido preocupación por la existencia de restricciones fiscales o cambiarias. Después de un breve período de crecimiento y recuperación económicos, surgen cuellos de botellas que provocan presiones macroeconómicas insostenibles y que finalmente conducen al derrumbe de los salarios reales y graves dificultades de la balanza de pagos. El resultado de estos experimentos ha sido generalmente una inflación galopante, la crisis y el colapso del sistema económico… (Dornbusch y Edwards, 1991: 7).

Lamentablemente, esta narrativa de los acontecimientos, que sugiere la presencia de un comportamiento irracional, resulta muy familiar en Venezuela. Al menos así parece, si se analiza la historia económica del país durante los últimos cincuenta años, en la que es posible encontrar similitudes que revelan una llamativa persistencia en la «manera de hacer las cosas» y en la forma de entender la economía.

La experiencia venezolana pareciera ser el capítulo más reciente de un interminable culebrón que recuerda acontecimientos pasados, cuando se recurrió a las políticas de control con más o menos intensidad y con argumentos más o menos similares a los esgrimidos a lo largo del proceso «revolucionario». Lo que tal vez resulta novedoso en este episodio es el paroxismo con el cual se ha llegado a defender lo indefendible y se ha abusado de políticas que, por las experiencias de crisis e hiperinflación del siglo pasado, están en franco desuso en todo el mundo.

Las semejanzas o similitudes históricas se refieren a las causas y consecuencias que subyacen a los fenómenos socioeconómicos. Ahora bien, la historia es irrepetible, única en sus matices, y es innegable que durante el pasado reciente Venezuela ha sufrido profundas transformaciones económicas y sociales que configuran una realidad diferente, en sus detalles y su estructura. Muestra de ello es la enorme crisis por la que atraviesa el país, inédita en todo sentido; tanto desde el punto de vista más simple de los indicadores económicos como desde la perspectiva de los conflictos políticos. A pesar de la importancia de estas transformaciones, en la idiosincrasia nacional subyace un elemento común que se gestó durante el siglo XX y permanece intacto: el ingreso petrolero como fuerza motriz determinante de la vida nacional y la visión del Estado como una fuente mística y casi milagrosa de creación de riqueza.

La experiencia del auge petrolero de mediados de los años setenta, cuyos efectos determinaron la dinámica de los ochenta, puede ser vista como parte de un gran ciclo económico que guarda cierta analogía con la más reciente experiencia de crecimiento y colapso. Evidentemente, cada ciclo de auge y recesión tiene sus particularidades. Pero tanto Carlos Andrés Pérez como Hugo Chávez se montaron sobre la ola del ingreso petrolero para proyectar su figura nacional e internacionalmente, incrementar el tamaño del Estado y adoptar una serie de políticas que, a la postre, contenían la semilla de su propia destrucción. Tales políticas fueron, en principio, muy bien recibidas por las masas pues estimularon la demanda agregada, como si no hubiese restricciones, como si no hubiese que pagar la deuda o como si el precio del petróleo hubiese de subir indefinidamente. Eran políticas carentes de otra planificación que no fuera el displicente reparto de los petrodólares y el uso indiscriminado de la chequera: derroche poco útil para el desarrollo económico a largo plazo, pero sí muy conveniente para la compra de voluntades internas y externas.

Aunque estos episodios de auge petrolero no sean idénticos, e incluso tengan diferencias fundamentales, tienen algo en común: son experiencias populistas, al menos en el sentido de entender la economía como una estructura maleable que responde a los criterios del planificador. Tal visión quedó maravillosamente plasmada en una afectuosa misiva que el general Juan Domingo Perón remitió en marzo de 1953 al general Ibáñez del Campo, presidente de Chile para ese entonces:

Dé al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando a Usted le parezca que les da mucho, dele más. Verá el efecto. Todos tratarán de asustarlo con el fantasma de la economía. Es todo mentira. Nada hay más elástico que esa economía que todos temen tanto porque no la conocen (Perón, 1953).

Seguramente el caudillo argentino se refería a un tipo de flexibilidad muy diferente del que Dornbusch mencionaba al ser inquirido por unos periodistas sobre las dificultades que enfrentaba la economía argentina: «Los países desarrollados tienen normas flexibles de cumplimiento rígido. Ustedes tienen normas rígidas de cumplimiento flexible» (Manrique, 2006). Esta observación retrata muy bien a esos países donde no es costumbre el acatamiento de las normas, la ley es casi referencial y, cuando no conviene, simplemente se incumple o se cambia. Sin embargo, como sostiene la máxima económica, «no hay almuerzo gratis» y la «flexibilidad» pasa factura.

Violar las más elementales reglas del juego, despreciar las leyes económicas y adoptar legislaciones a la medida del caudillo de turno, sea por complacencia o por simple oportunismo, termina ocasionando un elevado costo, económico, político y social. De hecho, gran parte de los males que hoy aquejan a la economía venezolana pudo haberse evitado, si el país no hubiese entrado en esa suerte de negación colectiva que permitió, entre otras cosas, retomar tan alegremente el crecimiento desordenado del gasto, el endeudamiento externo, el control de cambio, los controles de precios y el financiamiento monetario del déficit. Todos estos aspectos resultaron muy dañinos, pero no actuaron en solitario. A lo que se hizo mal hay que añadir lo que se dejó de hacer bien; es decir, ante el auge petrolero debió contarse con mecanismos estabilizadores del gasto, reglas fiscales, topes al endeudamiento o procesos más eficientes de auditoría y rendición de cuentas. Quizá sea este un ingenuo desiderátum, en el contexto de los complejos procesos sociopolíticos que tuvieron lugar en Venezuela durante esos años y que apuntaban más bien en la dirección contraria.

Nunca es tarde para dejar de excavar en la roca, en busca de luz al final del túnel; en ocasiones, para encontrarla hay que desandar el camino. De no asimilar estas lecciones, Venezuela terminará como el minero Schmidt, a quien se le fue la vida en su intento de atravesar una montaña. Ya anciano observó cómo, de la noche a la mañana, la instalación de las vías del tren hacía inútil y obsoleto el proyecto al que había dedicado su vida. Hoy los venezolanos ven, con esa misma perplejidad, cómo otros países —Chile, Perú, Bolivia, Panamá o República Dominicana— han duplicado su actividad económica durante los últimos quince años. Mientras que Venezuela, durante el mismo período, apenas ha crecido y, peor aún, se calcula que el ingreso por habitante registre una caída acumulada de más de veinte por ciento entre 1999 y 2017. Con este decrecimiento, el significativo aumento de la pobreza (récord de más de ochenta por ciento) y la mayor inflación del mundo (más de 700 por ciento), el país cierra esta etapa de su historia con el peor registro de toda América Latina y como la economía con el peor desempeño del mundo en 2016: un triste legado, luego de haber experimentado el mayor auge petrolero de la historia y haber multiplicado varias veces la deuda externa.

Es fácil advertir por qué las políticas populistas terminan en fracaso. Lo realmente difícil de comprender, detrás de esta tragicomedia, no es lo que produce la crisis, sino los factores sociológicos y psicológicos que inducen a retomar con tanta frecuencia estrategias fracasadas. La desigualdad, la pobreza, la corrupción y las expectativas incumplidas aparecen en la lista, pero eso no es todo. Puede haber muchas explicaciones para este fenómeno, algunas de las cuales se pierden en el laberinto de la historia.

En principio, da la impresión de que existe un punto en el que los países parecen sufrir una especie de estancamiento creativo en la búsqueda de estrategias para el desarrollo. Esta situación puede persistir debido a que las sociedades cargan no solo con sus idiomas y sus cruces, sino también con mitos y leyendas que determinan el distintivo carácter de los pueblos. En sí mismo esto no es un problema o algo criticable, a menos que estos elementos culturales impliquen aferrarse a paradigmas equivocados (respecto de la forma como se entienden la economía y las políticas económicas). En este caso, lejos de ser una virtud, la perseverancia se convierte en simple y vulgar obstinación: la misma terquedad que ignora aquella máxima de Albert Einstein según la cual no se debe pretender obtener resultados diferentes, si siempre se repite la misma estrategia. La experiencia reciente de Venezuela muestra que existen razones más que suficientes para reflexionar sobre cuál ha sido el verdadero costo de las «estrategias» económicas. Es tiempo de dejar de insistir en el error y buscar nuevos derroteros. Esto no es fácil, pero es impostergable.

 

Referencias

  • Dornbusch, R. y Edwards, S. (1991): “The macroeconomics of populism”. En R. Dornbusch y S. Edwards (eds.): The macroeconomics of populism in Latin America. Chicago: The University of Chicago Press.
  • Manrique, L. E. (2006): «Perón: el maestro del populismo». Política Exterior. No. 110. Marzo-abril: http://www.politicaexterior.com/articulos/politica-exterior/peron-el-maestro-del-populismo/.
  • Perón, J. D. (1953): «Carta al Gral. Ibáñez (16-03-1953)». Perón vence al tiempo: http://www.peronvencealtiempo.com.ar/peron/cartas-de-peron/535-carta-al-gral-ibanez-16-03-1953.

Francisco Sáez, profesor del IESA.